A unos pocos días de partir de nuevo a mi rutina, llega el momento de despedirme de la ciudad y de la gente que me ha hecho feliz aquí.
El 17 de septiembre cogí un avión que cambiaba mi rumbo. Llegué a una ciudad desconocida y a un hogar desconocido con personas desconocidas. Fui descubriendo cada día la sustancia de mis sueños, los que había venido a cumplir aquí. Todas mis esperanzas estaban puestas.
Recuerdo aquellas noches españolas con tortilla de patatas, el embutido salmantino y las risas en compañía del lambrusco más barato del súper mercado. Nuestras noches de euforia en las discotecas de Milán y nuestros after en el cuarto.
Las tardes de película, pizza y palomitas con un cubata en la mano; aún recuerdo la tarde de “Sexy killer” y nuestras caras de terror cuando termino la sesión de cine. No habíamos visto película tan mala.
Los aperitivos gratis con pasta de todas clases y arroz blanco para disimular, y nuestra siguiente parada en el Duomo para comer helado del McDonald, por si aún teníamos hambre.
No me cansé de las infinitas visitas a la catedral de Milán, porque me llamaba mucho la atención; siempre pensaba ‘esta catedral tiene luz propia’ pero estaba equivocada, incluye unos focos que la alumbran, escondidos en sus laterales.
Miro atrás y me doy cuenta de que he conocido a personas geniales de diversas ciudades de España; Noelia, Dani, Esteban, María, y todos los demás Erasmus de Milán 2009/2010 encantada de haber tenido la suerte de vivir esta experiencia con vosotros.
Nos volveremos a encontrar aunque sea en los recuerdos.







